Menudo es el cerebro de estos bestias

Brand para el packaging de la consola Super Famicom.

Hará unos 20 años –si no más- que los maravillosos Reyes Majos nos trajeron a mi hermano y a mí una Super Nintendo, un Cerebro de la Bestia, así, sin más. La emoción que me embargó podría haber sido similar a la del chaval que se hizo famoso por bailar en la cuerda floja de la locura tras gritar de alegría por haber recibido una flamante Nintendo 64 en las mismas fechas -solo que diez años más tarde que yo-. Yo no grité con ese desprecio por la integridad de los oídos ajenos, con ese desbordamiento orgánico en cascada que casi le lleva al manicomio… pero fue un sentimiento similar o mayor. Es algo que hay que liberar, es la genética del buen friki lo que te obliga a hacerlo y animo a la gente que lo haga, al menos, una vez en la vida. Se liberan muchas cosas buenas… Regalaos algo bueno, algo que hayáis deseado con todas vuestras fuerzas -esfínter incluido- y experimentadlo.

Y ahí comenzaron las míticas carreras con mi hermano al Mario Kart, las aventuras con Mario y Yoshi, los torneos en el Killer Instinct… Ah, que tiempos aquellos. Todavía recuerdo el “Battle Mode” de Super Mario Kart, lo que nos partíamos la caja reventando globos… Ahora imaginad esto mismo quince años más tarde, pero con una Wii y unos mandos provistos de cintas “de seguridad”… Imaginad en que se transformaron las carreras de Mario Kart. Imaginad esas cintas y ahora, recordad las carreras de la mítica película Ben-Hur. No digo más… pero bueno, eso es otra historia.

A lo que voy es que, no he encontrado en la actualidad otra empresa que haya conseguido transmitirme tanto como lo hizo Nintendo en su época. Puede que Blizzard sea lo más parecido… o Apple… o Tesla. No fui el mayor friki ni el más jugón. Ni siquiera destaqué por ser un fanático, aunque mis discusiones técnicas y de “control de calidad” con el rival de entonces las tuve, y bien encendidas… Esta marca supo inspirarme a nivel estético, sus personajes, su universo, su logo… Si no fuera porque soy quien soy, estos sentimientos hoy me habrían parecido un tanto románticos e ingenuos, una apetencia infantil propia de la edad sin mayor motivación que la necesidad de pertenecer a algo, a un grupo de loquillos.

Pero siempre he sabido que esto no era así. Había una razón muy distinta: el diseño de todo lo que la marca representa y es en sí misma. Esa es la razón. Todo lo que la conforma, desde el propio logotipo hasta sus productos finales -consolas, accesorios, etc…-, pasando por el packaging, el lenguaje visual -colores, tipografías, etc…-, sus personajes, su universo aparentemente para niños, su manera de hacer las cosas siempre priorizando la innovación… Es eso y no otra cosa lo que a mí me atrajo de Nintendo y me atrevo a asegurar que a muchos más. Y fijo que ni siquiera lo saben… Nadie lo sabe hasta que lo experimenta. Tener un producto de Nintendo para mí, fue en su momento como -quizás- tener un iphone recién estrenado para un chaval en la actualidad.

Por eso, quiero dedicar especial atención en este post a lo que hizo Nintendo por atraer mi atención hacia sus productos. Todos sabemos que un producto suele entrar por la vista, en primer lugar por el envoltorio. Esto ha sido así desde el principio, pero fue con la televisión cuando se empezó a mostrar el producto en movimiento, demostrando en vivo sus cualidades o creando necesidades. En algunos casos, era el propio envoltorio lo que nos vendían, o la propia marca. Al fin y al cabo, los detergentes no dejan de ser unos polvos mágicos que arrasan con violencia con las manchas. Pues eso es lo que, de alguna manera, creo que me atrajo de Nintendo: la fuerza de su identidad –algo de lo que hablaré en un futuro post- . Evidentemente, los adolescentes de los noventa ya solíamos nutrirnos de toneladas de información provenientes de las revistas de videojuegos y teníamos fijado el objetivo antes de que saliese cualquier producto de estas características, pero ver el anuncio en televisión era todo un espectáculo. Por aquel entonces, el intenné era ciencia ficción.

Ver el producto en la caja tonta y quedarse hechizado era relación causa-efecto, pero contemplarlo en las estanterías de la tienda, era orgiástico. Entrando en faena, el packaging creado por Nintendo para sus consolas y videojuegos estaba en unos niveles importantes de gozo visual. Pantallas de partidas, explicaciones y normativas muy ordenadas y jerarquizadas, lemas enamoradizos… En el caso del Cerebro de la Bestia o Super Nintendo en Europa, el packaging era interesante, pero no tanto como la adictiva línea gráfica creada para su homóloga japonesa, la Super Famicom (1). En este punto me tengo que detener, porque no entiendo la razón por la cual esos diseños no se distribuyeron a nivel global. Más allá de que era necesario – por razones obvias- cambiar los caracteres a los idiomas de los países donde fuese vendido el producto, no me pareció muy lógico que un branding tan atrayente como el japonés, no fuese adaptado para todos los destinos de venta. Es algo que nunca he llegado a comprender y en su momento me frustró bastante.

Caja de la consola Super Famicom.

Si observamos una de estas adorables -y ya casi extintas- cajas, en la cara posterior veremos una representación esquemática de la consola y sus mandos, en la que se han empleado colores básicos sobre un fondo blanco, limpio y nítido. Casi podríamos decir que es un icono, con la potencia y pregnancia que eso conlleva. En la esquina superior izquierda, nos encontramos con una efectista composición tipográfica en color negro: el logotipo de Nintendo, e inmediatamente debajo de este, el nombre de la consola en una tipografía gruesa y potente, bien compuesta y clara, con rasgos futuristas y con un aire a misterio y tecnología. En el lateral superior derecho, otro golpe de efecto: el logotipo específico de la consola, la submarca que identifica a ese producto dentro de la marca principal, que es la de la empresa. Este gesto, envuelve al producto en un halo de exclusividad inconfundible, a lo que hay que unir el uso de los cuatro colores básicos del espectro visual: el rojo, el amarillo, el verde y el azul. Inmediatamente debajo del isotipo, volvemos a encontrarnos el nombre de la consola con su tipografía exclusiva. Así, esta submarca se convierte en algo más, se transforma en un sello de calidad. Los laterales del pack, vuelven a estar compuestos de la información descrita en un nivel distinto, pero sobre fondos de color básico, de los colores del logotipo de la consola. Este eje, el logotipo de la empresa, el nombre del producto, el logotipo del producto, la imagen del producto –creada de la manera descrita- y los cuatro colores básicos empleados es el detonante perfecto para que oleadas de minijaponeses se lancen en hordas desprovistas de compostura a hacerse con este producto. Se trata de una combinación gráfica atrayente, caleidoscópica, que aúna lo dinámico y lo divertido en un solo pack. El tema, es que esta combinación especial de formas y colores, afecta a cualquiera, con independencia de edades, ojo.

Esto es lo que Nintendo dice de sí misma: somos un universo aparentemente infantil y cargado de color, pero tenemos -o hemos tenido- en nuestro haber un muy alto nivel de sofisticación a la hora de comunicar, totalmente inusual en marcas de productos similares de la época. Tanto es así, que algunos productos actuales han vuelto a recibir -a día de hoy-, este branding histórico para sus envoltorios.  Estos son los casos de uno de los modelos más recientes de la consola portátil (2) y de una edición especial de los mandos de una de las más exitosas consolas de sobremesa de la marca (3).

Nintendo sabe de sobra lo que se hace. De vez en cuando, dejan caer algún bundle curioso, algún regalito de esos que hacen babear litros de saliva hasta al más reacio. El resultado: casi 50 millones de consolas vendidas en todo el mundo -que probablemente hubiesen sido más, pero bueno… dejémoslo estar-.

En breve, continuaré con este pequeño periplo por los packs de Nintendo. Esta vez, le tocará a otra de las grandes.

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