Latigazos con o sin chinchetas

-Eh, tú... ¿has visto cómo recibe...?
-Eh, tú… ¿has visto cómo recibe…?

Hace escasos minutos he terminado de leer una carta escrita por un becario a su superior, en la que relataba cuáles habían sido los motivos que le habían llevado a considerar que trabajar en un Starbucks podría ser más provechoso que empeñar un segundo más de su vida en aquella agencia. Que asquerosidad, que infamia, que completa vergüenza y que ganas de fustigar. Al mismo tiempo que la estaba leyendo, he recordado que hace unos años leí una carta similar, lo que me ha llevado no sólo a horrorizarme por lo que contenía ese texto, sino a percatarme de que ciertas costumbres no tienen visos de desaparecer.

Y ahora, después de leer este párrafo, pensaréis que me voy a poner a gimotear desesperadamente porque estas pobres almas cándidas están sufriendo en sus carnes las carencias emocionales de sus jefes. Pues va a ser que no. Pensaréis… ¿qué te estás pinchando, David?

Pues para tranquilidad vuestra, el Cola-Cao de las mañanas lo sigo tomando disuelto en leche. Y es que esto es la selva. Por supuesto que nunca comprenderé los motivos por los cuales un becario podría no llegar a cobrar ni el transporte. No los comprendo. Es más, ni quiero comprenderlos, ni quiero respetarlos. Porque, realmente, estos no son más que el reflejo de un egoísmo ilimitado y de una falta de humanidad sólo comparable a la de las rocas. No hay argumentación suficiente que sostenga la necesidad de actuar así, ni durante las crisis más profundas.

Pero también es cierto que las cosas simplemente son como queremos que sean o como permitimos que se desarrollen. Y esto ha sido válido desde la época de las cavernas. Por poner un ejemplo gráfico: todos hemos conocido a algún abusón en nuestro colegio. El patrón que desarrollan estos personajes de ficción para conseguir sus objetivos es siempre el mismo: recurren a su estatus de malote, a la intimidación, con el objeto de conseguir algo, normalmente a costa de alguien más débil, impopular, distinto, nuevo, etc… Otras veces el objetivo simplemente consiste en putear porque sí o reírse en sus barbas. Y así, transcurren los días, las semanas y los meses y el chaval comprueba, tristemente, que se ha acomodado en una rutina de pasividad y de aceptación de lo malo conocido, antes que lo bueno por conocer.

Ese es el verdadero problema y no otro. Eso que le sucedía a ese pobre chaval no era ficción, era realidad pura y dura y hasta que no se cuadrase y se pusiese en su sitio, el pitecántropo seguiría repitiendo ese patrón de comportamiento. Con esto, quiero decir que sólo cuando eres consciente de la realidad y la aceptas, te das cuenta de que o haces algo por cambiar, o sigues recibiendo candela. Y el cambio principal viene de dentro. Se trata de un cambio en la forma de pensar y de sentir, pero hay que provocarlo y hay que enfadarse con uno mismo, hay que hacerse preguntas vitales e invocar a la lógica absoluta. O eso, o hacer otra cosa, lo que sea. Pero sobre todo “hacer”.

Becario, si este sentimiento es el que recorre tus venas, eso sólo significa que tú tienes una responsabilidad no sólo para con tu bienestar y desarrollo profesional, sino para con los que vienen y vendrán detrás de ti. No debes escudarte en el victimismo y tampoco en el conformismo, como justificando el comportamiento de tus superiores porque eres joven y cuando seas mayor comerás, porque hasta entonces tendrás que pastar como las vacas por el césped del Jardín Botánico para poder alimentarte. A lo que voy es que o buscáis soluciones –se me ocurre, por ejemplo, asociarse con otros becarios que estén pasando por la misma situación y compartir objetivos comunes-, buscando ante todo que se os reconozca como humanos y no como cosas -como en el ordenamiento jurídico romano-, o lo lleváis crudo.

Tras salir de la Escuela de Arte, muchos sois los que aguantáis carros y carretas por atisbar una migaja de una cosa estúpida llamada prestigio, que no sirve absolutamente para nada, solo para haceros perder el tiempo y las ganas de continuar. Si al menos eso fuese material y sirviese para pagar las facturas… Pero es que lo peor es que no podéis quejaros, porque habéis firmado un contrato en el que desde el primer momento aceptáis el látigo y el aceite hirviendo. Es más, seguramente en algún momento de vuestra incipiente carrera habréis contestado a alguna oferta de trabajo en la que se dice claramente que no vais a cobrar un duro. ¿Por qué lo hacéis? Lógico que luego llegue la quemazón. Es responsabilidad vuestra, como personas y profesionales, dar a valer vuestros conocimientos, los logros que habéis obtenido como creadores ante vuestros superiores y ante los clientes. Tenéis que buscar la manera de convencer al personal de que hay una línea roja que no se debe atravesar, un límite ético o moral que debe respetarse a toda costa, a pesar de todo y de todos.

Es cierto que esta práctica esclavista está de moda y salir de una empresa en la que se trata de esta manera al novel, no garantiza que se vaya a acceder a una mejor. También es cierto que no todo el mundo es igual. Por eso es importante valorarse desde el primer momento y ser selectivos. El mercado laboral es eso, un mercado, y como tal, expone en sus escaparates lo que se vende: lo bueno, lo mejor y lo peor. Si los becarios españoles en masa -o individualmente- denunciasen públicamente estas prácticas estomagantes y desecharan los “ofrecimientos” sangrantes y cosificantes, a esas empresas no les quedaría más remedio que replantearse su actitud y de entrada, archivar esos cúmulos de estiércol a los que llaman “ofertas de empleo”. Si esto fuera más allá y este colectivo promoviese acciones enfocadas a mejorar sus propias condiciones laborales o, simplemente, echar mano del megáfono, – el Cola-Cao directo al cerebro mola-, incluso las altas instancias tendrían que escuchar. De cualquier manera, el que quiere peces, siempre tiene que mojarse el culo.

Históricamente, en el mundo del arte es habitual encontrarse con casos de artistas que nunca vieron recompensado su trabajo, ni siquiera monetariamente. De hecho, no se les tuvo como tales hasta más allá del día de su sepultura. Hablar de este tipo de cosas equivale a trasladarse al pasado, cuando la democracia no estaba instaurada en muchos países y estaba muy aceptado socialmente despachar a alguien con un trabucazo. Lo que no es normal es que a estas alturas de la vida, estemos hablando de este tema como algo actual. Pero sí, es real y actual. ¿Seguimos repitiendo la historia o la cambiamos?

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